No cabe duda. Algo está pasándole al grupo de personas, familias y pueblos que formamos la sociedad. La peña esta cada vez más tocada. Vivimos con prisas y en un estado irascible. Nos molesta todo, por nimio que sea, y la paciencia, que era la madre de todas las ciencias, es ahora enemigo.
Nos cansa guardar cola, no ya en el banco, que es algo habitual, sino en la panadería y hasta en la cafetería del trabajo; meternos de lleno en una caravana de coches es horroroso; ir a la playa y que el agua esté sucia después de media hora buscando aparcamiento, ni te digo; lo de que suene el teléfono a la hora de la siesta para vender internet, móviles y hasta libros, es algo que ya lo supera. Sí, a la más mínima saltamos. Todo nos exaspera sin aparante razón.
Un buen amigo dice que la explicación hay que encontrarla en el microondas. Asegura que su uso nos está trastocando. Y posiblemente tenga su razón, aunque no sea un argumento desmotrable científicamente, que a lo mejor lo es. Defiende que es un electrodoméstico común, lo que confirmaría la universalidad del problema.
Sin ánimo de jugar a flipi, y mucho menos a Maxwell, que fue el que planteó lo de las ondas electrectromagnéticas allá por el XIX, una cosa está clara, que antes de su invención la comida se calentaba en el fuego y a nadie se le ocurría congelar lentejas, un puchero o callos, por ejemplo.
¿Tendrá razón? ¿Estará afectando las radiofrecuencias en los alimentos? Nadie puede dudar que las familias estaban hace años más pausadas. No había estrés, agobios y por supuesto depresiones. Desde luego la teoría del microondas da miedo. Mejor no pensarlo.




La opinión del lector